sábado, 31 de enero de 2009
Impostergables recuerdos de una noche saturniana
lunes, 26 de enero de 2009
Los Girasoles Ciegos se quedan fuera de los Oscar 2009

Grandes historias, grandes actuaciones

Slumdog Millionaire
Jamal Malik (Dev Patel) está a tan sólo una pregunta de realizar el sueño de cualquier habitante de la India: ganar 20 millones de rupias en la versión india de ¿Quién quiere ser millonario?. Una película que ha tomado por sorpresa al mundo del cine, con un premio del Consejo Nacional de la Crítica.
The Curious Case of Benjamin Button
Richard Nixon (Frank Langella) dejó la presidencia con el triste precedente de hacerlo renunciando, debido a un escándalo político, y se pasó tres años sin dar entrevistas. Cuando finalmente aceptó hablar con alguien, escogió a David Frost (Michael Sheen), una personalidad de la televisión británica que en ese momento tenía un programa de entretenimiento en Austalia y llevaba una vida de playboy, codeándose con las estrellas de la farándula. Una verdadera sorpresa, aunque en la lógica de Nixon y sus asesores (notablemente Jack Brennan, interpretado por Kevin Bacon), un rival fácil de vencer.
Harvey Milk fue el primer homosexual declarado en ser electo a un cargo público, haciendo historia en la ciudad de San Francisco en una época en que los gays eran marginados por la sociedad. Sean Penn ofrece una actuación impecable en el papel protagónico, al lado de actores como Diego Luna, Josh Brolin y James Franco.
"Podemos hacerlo sin dramas o con espectáculo", dice casi en el desenlace Michael Berg, el personaje que interpreta Fiennes, a Hanna Schmitz, encarnado por Winslet. El tercer as de la historia, Daldry, elige sin temblores la primera opción y hace al espectador leer entre líneas.
El director británico llegó a este proyecto después de haber sido acariciado antes de morir por Anthony Minghella, y, aunque se perciben los alientos grandilocuentes del realizador de "The English Patient" (1996), Daldry lleva el filme al terreno que domina: la contención.
Pero con su discreta gravedad, con su natural discurrir del dolor, el realizador se coloca de nuevo -y van tres de tres, tras "Billy Elliot" (2000) y "The Hours" (2002)- de cara al Oscar con esta película, adaptación de la aclamada novela del escritor alemán Bernhard Schlink.
jueves, 22 de enero de 2009
Haruki Murakami gana el premio Jerusalén
Veinte años sin Salvador Dalí
lunes, 19 de enero de 2009
Jack Kerouac
Si es que no callas
Y escucha la poesía
Ves... pondremos un chico a la puerta
Y que eche a todos los que odien
Para siempre
Después, si no te gusta el tema
Del poema que el poeto está leyendo,
para que te abra los ojos
con su llanto?
¿Ha muerto James Dean?
¿Y todos nosotros?
¿Quién no está muerto?
John Barrymore ha muerto
—San Francisco croa
acompañando a la rana.
No soy un maestro, ni un
sabio, ni un Roshi, ni un
escritor o profesor, ni siquiera
un vagabundo del dharma risueño, soy
hijo de mi madre & mi madre
es el universo—
Qué es este universo
sino un montón de olas
Y un deseo anhelante
es una ola
perteneciente a una ola
en un mundo de olas
Entonces... ¿para qué humillar
a ninguna ola?
Ven, ola, ¡OLA!
El rebuzno del burro
brotando jijo
Es una triste sacudida solitaria
por tu amor
Amante ola
¿Y qué es Dios?
Lo inexpresable, lo inenarrable,
Alégrate en el Cordero, canta
Chistopher el Espabilado, que
me vuelve loco, porque
es tan espabilado, y yo soy
tan espabilado, y ambos
estamos locos.
No —¿qué es Dios?
Lo imposible, lo censurable
Incensurable Precio-dente
del Universo Pepsi-dente
Pero sin cuerpo & sin cerebro
sin ocupaciones y sin ataduras
sin velas y sin altura
nada sabio y nada espabilado
nada nada, nada no-nada
nada algo, no-palabra, sí-palabra,
todo, lo que sea, Dios
el tipo que no es un tipo,
la cosa que no puede ser
y puede
y es
y no es
Kayo Mullins siempre está gritando
y robándoles los zapatos a los viejos
La luna vuelve a casa borracha, catacrock,
Alguien le pegó con un orinal
El Mayor Hopple siempre está bufando
¡Coño! Blaf blaf y todo eso
enseñando a los niños a volar cometas
Y rompiendo ventanas de fama
¡Pobre de mí! Lil Abner se ha ido
Su hermano está bien, Daisy Mae
y el Niño-lobo.
¿Y a quién le importa?
Los argumentos me ponen enfermo
todo lo que quiero es C'est Foi
Esperanza alguna vez
mierda en el árbol
Estoy cansado de que se rían de mí
y me hablen de imágenes enfermas
Ejem, cof cof
Creo que me desharé de todo esto
Se lo voy a dar al gato
Un gran sibarita

NATIVIDAD PULIDO. Tomado de ABC.es
Francis Bacon fue un gran sibarita. «Era muy refinado en sus gustos —comenta Jaime Parladé—. Siempre pedía unos vinos exquisitos y nos llevaba a cenar en París a restaurantes estupendos. Le encantaba el juego, comer bien y cocinaba divinamente». ¿Cuál era su especialidad? «Una salsa francesa, la beurre blanc». Le gustaban las ostras, el pescado (en Madrid lo tomaba en La Trainera; en Londres, en Wheeler's) y el huevo cocido, aunque sólo se comía la clara. Nada de postres ni café. Le encantaba el champán. En Madrid solía alojarse en el Ritz, tan cerca de su amado Museo del Prado. Le gustaba tomar copas con José en el Cock, donde aún le recuerdan. También pasó por Casa Patas. Pero si hay un pub donde Bacon pasó horas y horas ése fue el Colony Room, en el Soho de Londres, su segunda casa. Su dueña, Muriel Belcher, fue una de sus mejores amigas y la retrató en varias ocasiones.
La lista de amantes de Francis Bacon fue interminable. Pero sólo unos cuantos dejaron en él una profunda huella. El primero, Eric Hall, un hombre de negocios, banquero y juez de Paz, casado y con hijos, que se convirtió en su mecenas y amante y se arruinó por su culpa. Estuvo con él 15 años. Después, Peter Lacy, un guapo pianista, con quien mantuvo una relación destructiva y obsesiva: violentas peleas, palizas, celos, cuadros acuchillados... Cuenta Peppiatt que Bacon le confesó: «Nunca antes me había enamorado. Estar enamorado de esa forma tan extrema es como tener una enfermedad espantosa. No se lo deseo ni a mi peor enemigo». «No podía vivir con él, ni sin él —dice Peppiatt—. Lacy le estaba esclavizando física y psíquicamente». El día de la inauguración de su histórica exposición en la Tate recibió un telegrama: Lacy había muerto. Su páncreas no soportó tanto alcohol.
El tercero fue George Dyer: de una familia de rateros, alcohólico, estuvo en la cárcel... Bacon era, para él, su salvavidas. Le chantajeaba y, tras una pelea, llegó a llamar a la policía para denunciar que el pintor tenía hachís en su estudio. Se suicidó el día anterior a la inauguración de la gran exposición de Bacon en el Grand Palais de París. Cruelmente, la historia se repetía. Es como si el destino le negara a Bacon la posibilidad de ser feliz al mismo tiempo en el plano profesional y en el sentimental. Cuenta Peppiatt que el pintor sintió un gran remordimiento por la muerte de Dyer: «Me siento tremendamente culpable —confesó—. Todos los que he amado están muertos. O se mataron con el alcohol o se suicidaron. No sé por qué atraigo a este tipo de gente. No hay nada que hacer».
Y después, José. Vino a Madrid a verle en abril de 1992, desoyendo los consejos de su médico. Hay quien especula con la posibilidad de que viajó para reconciliarse con él tras una ruptura. Maricruz Bilbao ultimaba para octubre de ese año una exposición de Bacon en la Marlborough de Madrid. Recibió una llamada desde la galería en Londres que la dejó de piedra: Bacon había muerto... en Madrid. «No sabíamos que estaba aquí; él tenía muchas ganas de venir a la inauguración de su muestra». Tras padecer una deficiencia renal y respiratoria, sufrió un ataque cardiaco. Había dos monjas con él. Fue la última burla del destino. Años atrás había comentado a Burroughs: «¿Puedes imaginar algo peor que ser cuidados por monjas? Una de ellas es la hermana Mercedes, quien comenta a ABC lo que recuerda de aquellos días: «Estuvo solo todo el tiempo, nadie vino a verle. Llegó mal a la clínica, fue ingresado de urgencias. Hubo que ponerle oxígeno, suero, antibióticos... Recuerdo que no hablaba español, pero era muy correcto y amable».
«Si estoy en el infierno —decía Bacon—, siempre tendré la esperanza de escaparme». Diecisiete años después, Francis Bacon se escapa del infierno para resucitar en Madrid con una gran exposición que le dedica el Prado. No habrá obras de Velázquez junto a las suyas. Él se habría negado. Cuando estuvo en Roma no fue capaz de ir a la Galería Doria Pamphilj para ver el «Retrato del Papa Inocencio X», que tanto le obsesionaba y tantas veces versionó. «Tenía miedo a ver ese cuadro maravilloso y pensar las tonterías que había hecho con él», confesaba Bacon a Sylvester. Tampoco incluyó obras suyas cuando comisarió en la National Gallery la muestra «El ojo del artista» con sus obras preferidas de este museo. «Le hubiera fascinado saber que va a exponer en el Prado», comenta Manuela Mena. Especialista en el siglo XVIII y Goya, ha visto y leído todo sobre Bacon para comisariar esta retrospectiva: «He aprendido mucho con él, he descubierto su propia poesía. A pesar de la violencia de su pintura encuentras en ella una gran ternura y un interés por los seres humanos. Su pintura tiene una técnica exquisita, una grandísima calidad (podría estar colgada al lado de las obras del Prado), energía, intensidad... Descarna al ser humano y lo deja en lo que somos». Era una trituradora: diseccionaba la figura humana hasta dejarla en el hueso, despedazaba a sus modelos hasta obtener la verdad. Sus pinturas eran como un puñetazo en la cara, un ataque al sistema nervioso; trataba con ellas de molestar, de provocar. Quería «pintar como Velázquez, pero con la textura de la piel de un hipopótamo».
sábado, 10 de enero de 2009
El detective verdadero
EDGARDO DOBRY. El País
Su verdadero nombre fue José Alfredo Zandejas, nació en México en 1953 y murió en la misma ciudad 35 años más tarde, después de un agitado y famélico periplo por Barcelona, París y Tel Aviv. Desde muy joven adoptó el nombre de Mario Santiago, al que más tarde agregaría el apellido Papasquiaro (en homenaje al político y revolucionario José Revueltas, cuya localidad natal se denomina Santiago Papasquiaro). Ni su nombre de nacimiento ni el alias que escogió le dieron tanta celebridad como el que le puso Roberto Bolaño en Los detectives salvajes (1998): Ulises Lima. En efecto, Mario Santiago fue quien, en 1975, fundó junto a Bolaño -y otros poetas cuyo número y nombre siguen siendo materia de controversia- el movimiento denominado "infrarrealismo" en la realidad y "real visceralismo" en Los detectives salvajes, la novela que, veinte años más tarde, lo convirtió en leyenda. El movimiento formó parte del ímpetu de rebelión que dominaba la época, desde el Mayo Francés a los grupos revolucionarios en América Latina y las últimas reverberaciones de la vanguardia artística y poética. La irreverencia estaba de moda, pero no en México, donde el sistema intelectual mantenía una visible sujeción al estamento político oficial. Los infrarrealistas rechazaban el papado poético y cultural de Octavio Paz, en quien veían al intelectual orgánico de un sistema político inmóvil y falaz. En su lugar reivindicaban la actitud del estridentismo, el movimiento poético mexicano que emuló el espíritu del surrealismo francés. Según cuenta el infrarrealista José Vicente Anaya, una de las más sonadas performances del grupo consistió en provocar la expulsión de varios de sus miembros de una lectura de Octavio Paz y David Huerta. Precisamente Anaya publicó recientemente un estudio sobre Concha Urquiza (Brota la vida en el abrazo, Cuadernos de Veracruz, 2007), personaje fascinante y poeta de un peculiar y grandioso misticismo, que en la novela de Bolaño inspira la figura de Cesárea Tinajero, a quien los "detectives salvajes" van a buscar a Sonora (aunque, en realidad, Urquiza había muerto ahogada en Baja California muchos años antes, en 1945).
El narrador de Los detectives salvajes -un chico de 17 años que escribe sus primeros versos- dice: "Belano y Lima me miraron y dijeron que sin duda yo era un real visceralista y que juntos íbamos a cambiar la poesía latinoamericana". Y también, con el mismo tono de cándida ironía, al intentar responder a una compleja cuestión de métrica clásica: "El único poeta mexicano que sabe de memoria estas cosas es Octavio Paz (nuestro gran enemigo)". Pero en aquellos años setenta los realvisceralistas o infrarrealistas se tomaban muy en serio su credo, que queda resumido en buena medida en el título del prólogo de Jeta de santo, firmado por Mario Raúl Guzmán: 'La bendición de la insensatez'. La poesía de Mario Santiago es vitalista, juvenil hasta el final, hirviente de la romántica fascinación del poeta por sí mismo. Se abre con un festejo fervoroso de los procedimientos característicos de la vanguardia: el cultivo de la imagen audaz -"acampados en los párpados magnéticos del aire", "nubes de preguntas patean casas"- y de la invención neológica -"callejón de muervida", "estetoscopiando el polen". Y va hacia un aliento más ambicioso, que aglutina la influencia del surrealismo con la de Allen Ginsberg, con versos como consignas que parecen empezar en Baudelaire, Juan Ramón Jiménez y Ezra Pound, y terminar en un delirio lisérgico rico en erotismo y escatología: "En mi breve Paraíso no crecen básculas ni encíclicas" (el poema se titula 'Saliva de San Juan Autista'), "en la cima de simia sima"; "Ojos de muerto en vida / Olor a isla infartada yema a yema / Puente roto entre la lágrima & la peste / Luna de miel de los mocos & el esperma". El último largo poema de este libro, 'Consejos de un 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger' -que, obviamente, nada tiene que ver con ninguno de esos ínclitos nombres-, muestra el máximo soplo de esa flama verbal que quiere fundir todas las cosas del mundo, donde "el gordo & el flaco" bailan con Guido Cavalcanti y Huckleberry Finn. Jeta de santo es el documento de una época del que conocíamos sus derivados ficcionales y ahora tenemos su primigenio magma lírico.