lunes 2 de noviembre de 2009

Cuatro poemas

A continuación cuatro poemas de Frank Báez (Santo Domingo, R.D., 1978) que aparecieron en la edición número 100 de la revista El Malpensante de Colombia.

— Autorretrato —

Rodé al año y medio por las escaleras hasta el segundo piso. A los seis casi me ahogo en una piscina.

A los siete me arrastró la corriente de un río. Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,
con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara y otro en el estómago, rodillazos, machetazos, foetazos.

El perro del vecino me mordió un brazo.

Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo. Noqueado. Abofeteado. Calumniado. Abucheado. Apedreado.

Perseguido por sargentos en motor. Por dos cobradores.

Por tres mormones en bicicleta.

Por muchachas de Herrera y del Trece.

Me han atracado treinta veces.

En carros públicos. Taxis. Voladoras. A pie.

Alguien me dio una bola y me dijo I am gay. Me robaron un televisor, un colchón,
seis pares de tenis, cuatro carteras,
un reloj, media biblioteca.

Se llevaron varios manuscritos y cometieron plagio.
(Con lo que me han robado pudieran abrir
una compraventa en Los Prados)

Me fracturé el brazo derecho, el anular, la cadera, el fémur y perdí cuatro dientes.

El hermano Abelardo me dio un cocotazo que todavía me duele.

En la fiesta de graduación me cayeron a trompadas y botellazos.

Luego publiqué un libro de poesía y una vecina lo leyó
y escéptica dijo que era capaz de escribir
mejores poemas en media hora, y lo hizo. Accidente con un burro en la carretera.

Intento de suicidio en Cabarete. Taquicardia. Hepatitis. Hígado jodido. Satanizado en Europa del este. Pateado por mexicanos en Chicago.

En Montecristi una mesera me amenazó de muerte
(ahora mismo, clava alfileres en un muñeco idéntico a mí)

Los vecinos sueñan conmigo baleado.

Los poetas con dedicarme elegías.

Otros con rociarme gasolina en la cabeza y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas. Otras con llevarme a la cama. Y hace semanas un policía me detiene y me pregunta

si yo no era el poeta que había leído poesía aquella noche y le digo que sí y el policía dice que son buenos poemas y hace una reverencia o algo así.


Once estrofas
Para encontrarte tuve que enjaular a la bestia,
mudarme a una ciudad del norte,
cortarme una oreja, aplastar cucarachas
y verter sal sobre la nieve de la escalera.

Visité Nueva York y miré abajo
desde el Empire State y no estabas.
Visité a una gitana de cien años
que dijo: teme a la muerte por agua.

No eras la que encontraron flotando
en el Ozama ni la que amenazó con matarme
empuñando una tijera. No eras Marina
Tsvietáieva colgando de una cuerda.

Te esperé en un apartamento donde las ardillas
entraban y secuestraban mi poesía.
La nieve caía tras las ventanas.
La luna en el firmamento tosía.

¿Dónde está?, le preguntaba a las meseras
que pasaban sin hacerme caso. ¿Dónde estás?,
preguntaba cortándome las manos
y dejándolas caer desde un puente en Chicago.

¿Dónde está?, preguntaba como aquel
hombre en el veinteavo piso de un edificio
que se quema, como Baudelaire sentado
en un banco de París al amanecer.

No estabas en la playa mientras
las olas le susurraban tu nombre a la arena.
(El sol brillaba y una gaviota parecía
haber pescado un zapato de Hart Crane)

Pregunté por ti con un cigarrillo entre los labios,
barajando el dominó y temblando,
como un árbol depresivo que ha dejado
caer todas sus hojas y le da frío.

Te busqué en museos y en bibliotecas
en las cuales me dormía y melancólico traducía:
sueño con ella amada o muerta
porque la ciudad es demasiado pequeña.

Te busqué en un sueño, en un bolero,
entre los extras de una película
de bajo presupuesto, te busqué
con los ojos cerrados y con los ojos abiertos.

Te busqué, mi amor,
de esa manera en que Aristófanes
comenta que se buscan las dos mitades
en uno de los diálogos de Platón.

— Anne Sexton —

cerró la puerta del carro y lo encendió y siguió tomando vodka y recitando el
último poema con los ojos inundados de lágrimas negras y gritaba el poema y el
interior del carro se llenaba de dióxido de carbono mientras afuera del garaje se
escuchaban los rugidos del carro cada vez que aceleraba y bebía vodka y
gritaba el poema que era su poema y de nadie más dentro de ese carro que
aceleraba hasta el fondo y al poema se le acababan las palabras y las lágrimas
negras bajaban y bajaban y los pulmones envenenados se hinchaban y el abrigo
de su mamá que llevaba puesto y sus ojos que se abrían o se cerraban como los
de una muñeca.

— La pelota que lancé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo —

Siempre quise ser el primer dominicano en la NBA.
Para entonces poner un dominicano en la NBA
era tan difícil como poner un dominicano en la luna.

Practiqué tiros libres, corrí, hice marineros,
sentadillas y lagartijas.
Parodié ganchos, donqueos.
Jugué veinticinco quintetos al día.
Mandé hacer una franela
con el número veintitrés y lloré
cuando Magic Johnson anunció que tenía sida.

Un día toqué la malla de un salto.
Luego toqué el tablero.
Nunca llegué a tocar el aro.

Conseguí esas pesas
que se amarran en los tobillos
y que incrementan el salto.
Pero no funcionaron y me las cambiaron
por unos Converse Magic con aire comprimido
que me robaron mientras jugaba bajo
un transformador en San Carlos.

Compré unos Reebook Pump
y me expulsaron del equipo nacional
de minibasket.
Me faltaba estatura, alegaron.
Ni empinado era lo suficientemente alto.

Dormí trece, catorce, quince horas al día
para acelerar mi crecimiento.
Comencé a comprar jarabes,
vitaminas, minerales, suplementos.
Luego de once meses
creo me estaba encogiendo.

Hice barras.
Ejercicios de estiramiento.
Le pedí a Jesús, a la Virgen
y al hombre elástico
unas míseras pulgadas de más.

Ya tengo treinta años y todavía necesito
dos pulgadas para alcanzar los seis pies.
En vez de llegar a la nba me mudé de barrio
y ahora juego dominó
en donde da lo mismo si eres enano.
También escribo poemas
y se los dedico a quien se me ocurra.

Por ejemplo este, que dedico a los que ya no se quitan
la camiseta al jugar básquetbol
porque les ha crecido pelo en la espalda.

Espero que lo gocen y que aplaudan.

sábado 31 de octubre de 2009

El amor no tiene rostro y es estúpido

Había llegado allí luego de salir de la oficina y tras un agobiante día de trabajo sumido entre papeles, números y la asfixiante voz de un jefe, que más que jefe parecía ser su peor castigo, su verdugo. Como lo hacía casi todas la tardes, salió rumbo a la cafetería donde acostumbraba reunirse con sus amigos a conversar o simplemente a despotricar contra un grupo de pintores que también frecuentaban a toda hora del día ese mismo lugar. La cafetería del parque central era un buen lugar para conversar con los amigos y de vez en cuando intercambiar miradas y sonrisas con algunas de las chicas que llegaban allí cada tarde, totalmente diferentes cada día.
Esa tarde no había ninguno de sus amigos, así que se sentó, compró su café laté como siempre y se sentó en uno de los pocos lugares que había disponible, justo en el centro del lugar, no era un sitio cómodo para él, pues no le gustaba sentarse siempre en los lugares donde tuviera alguien observándolo detrás de él, le gustaba estar en alguna esquina donde pudiera observar a las personas que se encontraban siempre en ese lugar, y si era cerca de cualquiera de las ventanas, era mucho mejor, también le fascinaba contemplar a la gente al pasar y ver cómo tropezaban en un desnivel que tenía una área del empedrado del parque. Vio a muchos caer de bruces en una sola tarde y eso en cierta forma parecía ser una de las razones para no faltar al espectáculo.
La incomodidad que sentía en ese sitio donde creía ser el centro de las miradas, fue aliviada cuando se percató de una joven hermosa que se había sentado a dos mesas de distancia de donde él se encontraba tomando su café. Ella tomaba un helado de café y parecía buscar en su teléfono celular algún número o simplemente le escribía a algún amigo o admirador.
Era pelo negro, un poco delgada y con cierta belleza, tenía además rasgos como de estudiante univeristaria.
Bonitos ojos, se dijo, mientras pensaba en la necesidad de amor que sentía en su interior, y lo presentía porque al verla por puro instinto entendió que ambos estaban allí esa tarde a esa hora por alguna razón del destino.
Tomó su bebida aromática con la mayor lentitud que pudo, hasta que estuvo totalmente fría y había perdido su sabor a café. En ese momento pensó que haría una locura, como esos amantes con toques mágicos a la hora de conquistar una chica que siempre había admirado. Pensó en besarla, en sentarse junto a ella y cantarle una canción de amor.
Se levantó, luego de un buen momento de meditaciones sobre si verdaderamente debía hacerlo, tomó una servilleta y pensó hacer la forma de una rosa, como ya lo había ensayado muchas veces, pero sólo escribió algo, tomó valor y un poco de aire y se dirigió a la mesa donde se encontraba ella.
-Te he observado desde hace rato y no he podido evitar pensar en que te amo, que he sentido esa magia que algunos llaman amor a primera vista. Espero tu llamada, le dijo, y se fue.
Sabía que no sería capaz de estar mucho tiempo frente a ella luego de eso, así que fue breve. Le entregó la servilleta donde había escrito su número de teléfono celular y se marchó.
Ella sonrió falsamente.
Él se marchó, caminó lentamente rumbo a su apartamento que quedaba al otro extremo de la ciudad, mientras esperaba la llamada de la mujer que recién había conocido o por lo menos a la que él se había atrevido a hablarle. Pero no hubo respuesta. No se esperaba tanto silencio, no sonó su teléfono móvil, sólo escuchó el estruendo de un camión que se aproximaba a su espalda y que al pasar junto a él le dejó el inclemente hedor que acarrean los camiones recolectores de basura.

miércoles 21 de octubre de 2009

Unos poemas de "Laura se escribe con L de locura"

Fotografía de Murvin Andino (Muchacha en Circunvalación)

Comparto con ustedes algunos poemas inéditos del que sería mi próximo poemario, "Laura se escribe con L de locura", que publicaría el próximo año.
Murvin Andino Jiménez


Laura se escribe con "L" de locura
No espero otra mujer,
ni figuras demenciales para el viaje.
Ella percibe mi delirio y se aleja años de mí.
Insisto, la ternura pone su nombre entre mis brazos
y otra vez debo a las tardes el instante de contemplarla.
Siempre fugaz y transparente.
Laura define a la mujer que espero,
lo sabe, por eso ignora el vértigo de mi voz amable,
por eso espero el golpe de mi sed en su estatura.


Aquella sombra
Era un bar a medianoche,
la calle recién bañada por la lluvia
mientras una ramera fumaba sin parar
imaginando el universo.
Era de humo,
azul tenía mi espera.
Era de horas, de voces,
tenía la claridad acostumbrada,
la sangre muda,
las mismas manos inermes, igual el frío.
Ella venía en la noche,
sola y libre, doliendo,
como un cuerpo triste.
También sus ojos habían volado,
y era de humo su boca que no existe
y el instante siguiente.


Espero no volver
Me importa llamarme poeta
o llamarme martes,
vivir de la nostalgia
y del dolor de las heridas.
Asumo cada día la posición de Dios
y me convierto en sanguinario
por desgracia del amor.
Padezco de insomnio cada noche,
recorro inconmovible
los tejados de las casas del barrio
a donde nunca he pertenecido,
vuelo como buitre por las calles
de una ciudad distante
donde todo es niebla y mentiras lacerantes.
La eternidad transcurre como una condena
y las voces incitan al espléndido suicidio.
Se escuchan los gritos antes de dormir
y nada es cierto, ni mi sombra,
ni mi mente
que no encuentran un nombre para mi alma.
Sin embargo, espero no volver,
cegar de una vez el fuego
y descansar de nuevo entre las sombras.

sábado 10 de octubre de 2009

La curiosidad del poeta

José Emilio Pacheco, poeta mexicano- CÉSAR DURIONE

Hay una voz que emociona a los jóvenes mexicanos. Es la de un hombre de 70 años que conoció a Octavio Paz, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre, a Max Aub, a Jorge Luis Borges. Hay un poema de 1967 que emociona a todas las generaciones de mexicanos. Se llama Alta Traición y dice así: "No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, fortalezas, / una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, montañas / -y tres o cuatro ríos". La voz y el poema pertenecen a José Emilio Pacheco, pero más allá de lo extenso de su obra, de la importancia de los premios recibidos, lo que inspira la vida y la obra del último premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana se resume en una frase que intercala en la conversación: "Es muy curioso todo". Y es en la manera gozosa en que lo dice, en el deseo inagotable de aprender y en su forma de transmitir lo que sabe, siempre como un regalo, nunca como una lección, donde está el alma de José Emilio Pacheco, su conexión tan íntima con lo mejor de México.

-Qué casa más bonita.
-La queremos mucho.

La cita es a las nueve de la mañana, en su casa, para desayunar. José Emilio Pacheco estrecha la mano del periodista y en ese momento, fin del verano, ciudad de México, colonia de La Condesa, dos temores se sientan frente a frente. El del poeta a las entrevistas. El del periodista ante un sabio que odia las entrevistas. Después de un primer café de tanteo, y ante las primeras preguntas, José Emilio Pacheco decide confesar: "¿Ves?, encendiste la grabadora y enmudecí. Hay gente que tiene el talento para hacer entrevistas, pero yo carezco absolutamente de ese talento. Después de cada entrevista, me quedo pensando: ¿por qué no le dije esto...? Debería haberle dicho aquello otro... Ten en cuenta que yo estoy acostumbrado a escribir, a ver lo que pienso. Y si no veo lo que estoy diciendo, ¿cómo puedo pensar?".

Confesión por confesión, el reportero le cuenta que hasta la noche anterior no le llegó por correo electrónico su último libro, La edad de las tinieblas, que en España publica Visor. Y que fue abrir el archivo, empezar a leer los 50 poemas en prosa y sentir ternura con Bolotó, "el terror de las hormigas", miedo ante la mirada del insecto, "en la noche del insecto hay un minuto en que se pregunta a qué sabrá sentirse humano", nostalgia de aquella lejana tarde con aquella mujer, "nos llevamos tan bien que sin decirlo preferimos no volver a vernos...". Al apagar el ordenador, ya alta la madrugada, el periodista había desaparecido y se había convertido en uno más de sus rendidos admiradores. Cuando José Emilio Pacheco acude a alguna celebración literaria en México, los organizadores saben que habrá lleno absoluto, y que sus lectores no se conformarán con la delicia de escucharlo hablar, sino que querrán saludar al autor de Las batallas en el desierto, que se retrate con ellos, que les dedique un libro... Cuando se pregunta aquí y allá por José Emilio Pacheco, las respuestas coinciden: "¿Lo vas a entrevistar? ¡Qué suerte! Es una persona encantadora, un sabio como los de antes. Eso sí -bajan la voz-, ten en cuenta que José Emilio Pacheco odia las entrevistas". Pacheco se disculpa: "La paradoja es que a mí me gusta mucho leer las entrevistas, pero hay veces que me preguntan: ¿y usted qué intentó reflejar con este poema...? Ah, pues yo, no sé qué responder... Prefiero que hablemos tranquilamente y luego tú escribes lo que creas más conveniente. ¿Te he ofrecido ya café? ¿Qué poema me decías que te había gustado?".

Sin duda, uno de los poemas más sobrecogedores es precisamente el que da título al libro, 'La edad de las tinieblas'. En uno de los párrafos, José Emilio Pacheco describe así un quinqué: "Me intriga pensar en lo que han dicho mis padres: en el petróleo de la lámpara flotan reducidos a esencia bosques y dinosaurios de la prehistoria. Millones de años se han necesitado para humedecer la lengüeta de jerga que convertida en mecha soporta la llama. Una campana de cristal la protege y le permite iluminarnos. En el quinqué se consumen los restos fósiles de una vida improbable. La noche huele a luz carbonizada".

PREGUNTA. ¿Qué se siente cuando uno escribe una frase redonda, una frase definitiva como ésa? "La noche huele a luz carbonizada...".

RESPUESTA. Uno se siente muy satisfecho, sí, eso sí.

P. ¿Y cuando se percata de que un libro suyo publicado en 1981 - Las batallas en el desierto- tiene aún tanta vigencia que sigue siendo traducido, admirado por lectores de 16 años...?

R.
Una gran satisfacción, sí, pero también alguna forma de humildad. Uno no tiene la intención de provocar ese efecto, es algo que tiene el texto. Porque uno siempre quisiera escribir bien y que las cosas salieran. Pero no salen...

P. ¿Es muy exigente?

R. Sí, guardo o destruyo mucho.

P. ¿Y cuándo sabe si un texto es bueno o malo?

R. Eso me costaría mucho decirlo. Tal vez uno sí tiene la intuición de lo que está bien. El problema es que es una intuición provisional, porque después de que sale el libro sigo corrigiendo... Soy un horror para los editores.

P. A propósito de los versos, usted cuenta en La edad de las tinieblas: "Los veo formarse indefensos y salir en busca de alguien que los resguarde. La inmensa mayoría les da la espalda. Cuando ellos se acercan las personas desvían la mirada y hacen como si los versos no existieran". ¿Cuándo decide que sus poemas están listos para subir al metro y vencer "la hostilidad, el desprecio o cuando menos la indiferencia de los pasajeros"?

R. No hay ninguna regla. Podemos ver poema por poema, y te diré: "Mira, éste me costó un trabajo infinito, un trabajo de años". Y otros, en cambio, salen prácticamente de primera intención. Es muy extraño...

P. ¿Y ni siquiera la experiencia sirve?

R. Para nada, al contrario. Con 20 años piensas que tal vez un día llegues a escribir con una facilidad, con una certeza y un conocimiento... Y no, nunca. Siempre es por primera vez, siempre. Y, además, la mayoría de las cosas salen muy mal. La mayoría de los textos que haces son malísimos, para que uno te salga bien necesitas hacer 50 muy malos.

P. Tan malos no serán...

R. Sí, sí. Mayans, un neoclásico del siglo XVIII, decía: "En la poesía, lo que no es excelente es despreciable". Y tenía razón.

P. O sea, que hay pocas cosas más espantosas que un poeta malo...

R. Sí, sí, y además hay otra cosa: ya nadie admite la crítica. Eso se acabó con los cafés. Hay que acostumbrarse de nuevo a que la gente no esté de acuerdo en todo contigo, que no te diga que todo lo que escribes está bien. Porque si yo ahora le digo a alguien: oye, no me gustó... No lo acepta. Eso es impensable ahora.

P. ¿Cómo agrupa los poemas?

R. Se van haciendo y de repente digo: aquí hay un libro, pero nunca me he propuesto escribir un libro de poesía. Ésa es una cosa muy singular que tenía Pablo Neruda. Que Pablo Neruda decía: voy a hacer un libro. Y entonces lo hacía. No iba reuniendo poemas. Por ejemplo, yo digo que Rubén Darío es un poeta de poemas, no de libros de poemas. Rubén Darío hace poemas, nunca piensa en el libro, y Neruda sí.

P. Por cierto, ¿es verdad que usted no quiso conocer a Pablo Neruda?

R. Sí, porque yo qué le iba a decir a Neruda, prefería leerlo. Me dijeron: esta noche va a estar aquí Neruda (supongo que rodeado de otras 800 personas). Y qué le iba a decir yo: buenas noches, señor Neruda, me gustan muchos sus poemas...

P. Neruda, Cernuda, Aleixandre... Los conoció a todos...

R. Los conocí a todos por cuestiones de edad. Sobre todo a la gente de los sesenta. La influencia de la literatura española en México fue muy grande. Hay que tener en cuenta que el exilio fue una catástrofe humana, pero a la vez una bendición cultural y de intercambio. Yo nazco en el 1939, y por tanto toda mi vida pasa al lado del exilio. Hay dos escritores que tuvieron mucha importancia en México: Max Aub y Vicente Aleixandre... Vicente Aleixandre escribía una carta a cualquier poeta hispanoamericano que le mandara un libro. Recibí muchas cartas de Aleixandre, pero cuando estuve en Madrid en 1968 no me atreví a ir a Velintonia. Jamás lo vi en persona. Y los libros españoles llegaban a casa de Max y uno podía leerlos. Él fue realmente un vínculo muy importante. Me da mucho gusto que ahora se le esté haciendo justicia a Max.

P. Hasta no hace mucho era prácticamente un desconocido en España.

R. Sí, y aquí también. Es lo que suele pasar con una obra tan vasta y tan variada. De hecho, él tiene una frase muy buena: el hombre orquesta nunca alcanzará la notoriedad del solista.

P. Da la impresión a veces de que antes, en los tiempos de las cartas y los barcos, había más contacto entre las dos orillas que ahora, con el correo electrónico y el avión..., que ahora hay más distancia.

R. Sí, pero es precisamente por lo contrario. Porque hoy todo está más a la mano. ¿Cuántas veces voy yo al castillo de Chapultepec o al Museo de Antropología? ¡Nunca! Porque me quedan a unos minutos de mi casa. Si en vez de vivir aquí viniese a México de visita, estaría allí ahora mismo. Es lo que pasa también con Internet.

A José Emilio Pacheco le apasiona la riqueza del español. Se puede pasar horas hablando -y disfrutando- de las distintas maneras que tiene nuestro idioma de nombrar la misma cosa. "Yo creo que hay que respetar. ¿Por qué la gente de Santiago de Chile o de Tegucigalpa va a hablar como yo? No tiene ninguna razón. El castellano es de Castilla, pero en México hablamos español porque está hecho de todas las Españas. Camilo José Cela y Francisco Umbral o Miguel Delibes escriben en castellano, pero yo no puedo escribir en castellano. Yo escribo en español".

P. ¿Y se puede traducir del uno al otro?

R. Claro, no seamos demasiado puristas en esto. El traductor debe traducir para su comunidad lingüística inmediata. Sólo hay que fijarse en el teatro. Las obras de teatro se adaptan hasta por regiones. Hay muchas palabras que se utilizan en la Ciudad de México que no se dicen en Monterrey o en Mérida. Y se tienen que adaptar. Por ejemplo, cosas tan elementales como la resbaladilla... ¿Cómo se dice en España?

P. El tobogán.

R. Pues en Nuevo León es el resbaladero. Había cuando era niño un artículo del Reader's Digest que se titulaba 'El inglés que usted no sabe que sabe', por todas las palabras similares, los falsos amigos o cuñados... Yo quiero escribir un libro que se llame El español que usted no sabe que sabe...
Y sobre eso hay una anécdota que viene a colación: "Vas a ver. Vino Borges, en 1973, nunca había venido. Era muy antimexicano Borges, y le dieron el Premio Alfonso Reyes. Regresa a Buenos Aires, lo entrevistan en La Nación y le preguntan cómo fue su viaje. Ah, maravilloso, respondió, estupendo, me trataron tan bien... ¿Y qué fue lo que le gustó? Todo, las pirámides de Teotihuacán... Pero más que nada, yo pensé que a los 74 años yo hablaba castellano, y aprendí un verbo mexicano que me encanta, y que ahora uso todo el tiempo, que es platicar. Entonces, la próxima vez que vi a Borges, le dije: es inconcebible, porque quién sabe qué pasó en el mundo hispánico que hacia 1930 desapareció de todas partes excepto de México platicar. Y le añadí: platicar está en toda la literatura medieval, está en toda la literatura del Siglo de Oro, del siglo XVIII, del siglo XIX y está en sus libros... Y él me decía, no, es que platicar es conversar. Y yo le respondía que no. En este momento tú y yo estamos platicando, si estuviéramos ante la televisión estaríamos conversando. Platicar es una cosa privada. En España es charlar. Pero a mí, para mi habla de la Ciudad de México, charlar es un cultismo de platicar. O poniendo como ejemplo otra palabra: en Guanajuato, aguardar es lo normal y lo culto es esperar, para mí no. Para mí suena más raro estoy aguardando. Fíjate, en el mismo país, ¿no te parece maravilloso?".

P. Yo soy de Sevilla y allí se utiliza mucho convidar en vez de invitar, y en el resto de España no tanto...

R. Ah, convidar es muy de México. Te puedo convidar a un café... O, mira, la primera vez que yo llegué a Bogotá, me dijeron: ¿no le provoca un tintico? Y yo le respondí, no, no bebo antes del almuerzo... Y resulta que un tinto es un café... Pero, además, aquí provocar se perdió. En el habla de mi infancia, provocar es tener ganas de vomitar. Qué curioso es todo. ¿Tú entonces crees que el andaluz es el origen del habla de América...?

P. A tanto no soy capaz de llegar, pero sí es verdad que en México se encuentran en perfecto estado de salud palabras que en España ya están muertas y que en Andalucía sólo están moribundas...

R. Pues a mí me han dicho ingleses que la misma impresión tienen en Estados Unidos. Por ejemplo, a ti qué te sale más natural, ¿estrecho o angosto...?

Sobre la mesa hay una foto que acaba de cumplir 50 años. En ella están, sentados en el suelo y en animada conversación, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. Los tres escritores, los tres mexicanos, los tres supervivientes de una época que ya sólo queda en la memoria. Dice José Emilio Pacheco: "Antes de la inseguridad, esta ciudad era muy agradable. Por eso se vino a vivir aquí García Márquez, tanta gente. Yo conocía a los cineastas, a los pintores... Ahora no conozco ni a los escritores. Entonces se podía vivir en la calle. Yo acompañaba a Monsiváis a su casa y de regreso él me acompañaba a mí". Hay en La edad de las tinieblas un poema en prosa, titulado 'A la extranjera', en el que Pacheco llora a México perdido: "A usted le duele esta ciudad que también ha hecho suya y lamenta ver cómo la hemos destruido y la seguimos arrasando. No entiendo sus razones para amar un sitio desesperante y sin esperanza. O tal vez existe la esperanza porque usted se encuentra aquí una vez más y llena de luz otra estación sombría.
Nací en un lugar que se llamaba como éste y ocupaba su espacio. Ahora también en mi suelo natal soy extranjero en tierra extraña. Ya no conozco a nadie ni reconozco nada. Usted, en cambio, no es extranjera en ningún lado. Usted es de todas partes como la música.
Por favor, no se vaya. No se lleve al partir un fragmento de luz entre el desierto pardo y la barbarie que por codicia y estupidez hemos engendrado".
Han pasado dos horas. José Emilio Pacheco sale a la puerta de su casa a despedir al invitado. Unas muchachas que pasan por la acera de enfrente lo reconocen y sonríen. A finales de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, mil jóvenes se reunirán con Pacheco para celebrar su 70º aniversario. Porque su poesía "es de todas partes como la música". Porque en México aún se ama a los poetas más que a los futbolistas. Porque aquí "tal vez existe la esperanza".
Tomado de El País

jueves 8 de octubre de 2009

"Veinte años después del fin de la guerra fría insiste en mantener el recuerdo del lado inhumano del comunismo".

La Premio Nobel de Literatura Herta Müller se ha declarado sorprendida por el galardón y ha dicho que de momento se ha quedado sin habla aunque espera recuperarla a más tardar el 10 de diciembre, cuando sea la premiación en Estocolmo.
"Estoy sorprendida y todavía no me lo puedo creer. De momento no puedo decir más", dijo Müller en una primera reacción difundida por su editorial alemana Hanser.
Ya antes, al recibir la noticia a través del secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, la escritora había dicho que se había quedado muda pero prometió a su interlocutor que recuperaría el habla para el 10 de diciembre.
El director de la editorial Hanser -el editor, ensayista y poeta Michael Krüger- dijo, por su parte, que con Herta Müller había sido premiada una autora que "veinte años después del fin de la guerra fría insiste en mantener el recuerdo del lado inhumano del comunismo".
"Su gran trabajo de duelo literario es un ejemplo impresionante de una literatura europea comprometida que, con agudeza analítica y precisión poética, hace presente nuestra historia", agregó Krüger.
Tomado de: Clarín

Herta Müller, el duodécimo Nobel para una mujer y el décimo-tercero en alemán

La escritora rumano-alemana Herta Müller, de 56 años, se convirtió hoy en la duodécima mujer ganadora de un Premio Nobel de Literatura y dio a su vez a la lengua alemana por décimo-tercera vez el más prestigioso galardón literario del mundo.
La última escritora que recibió el Nobel antes que Müller fue la británica Doris Lessing, en 2007, mientras que su antecedente en cuanto a autores en lengua alemana es asimismo mujer, la austríaca Elfriede Jelinek, en 2004.Entre los autores alemanes, el directo antecesor de Müller distinguido con el galardón de la Academia Sueca es Günter Grass, en 1999.
Lista de las escritoras ganadores del Nobel de Literatura:
2009.- Herta Müller (Rumanía/Alemania)
2007.- Doris Lessing (Reino Unido)
2004.- Elfriede Jelinek (Austria)
1996.- Wislawa Szymborska (Polonia)
1993.- Toni Morrison (Estados Unidos)
1991.- Nadine Gordimer (Sudáfrica)
1966.- Nelly Sachs (Alemania/Suecia)
1945.- Gabriela Mistral (Chile)
1938.- Pearl S. Buck (Estados Unidos
)1928.- Sigrid Undset (Noruega)
1926.- Grazia Deledda (Italia)
1909.- Selma Lagerlöf (Suecia)

Lista de autores en lengua alemana galardonados con el Nobel:
2009.- Herta Müller (Rumanía/Alemania)
2004.- Elfriede Jelinek (Austria)
1999.- Günter Grass (Alemania)
1981.- Elias Canetti (Bulgaria)
1972.- Heinrich Böll (Alemania)
1966.- Nelly Sachs (Alemania/Suecia)
1946.- Hermann Hesse (Alemania/Suiza)
1929.- Thomas Mann (Alemania)
1919.- Carl Friedrich Spitteler (Suiza)
1912.- Gerhart Hauptmann (Alemania)
1910.- Paul Heyse (Alemania)
1908.- Rudolf Eucken (Alemania)
1902.- Theodor Mommsen (Alemania)

Tomado de: Clarín

Herta Müller: «El Nobel no va conmigo, sino con mis libros»

Foto: Reuters
«Todo lo que tengo lo llevo conmigo». Así empieza la última novela de Herta Müller, «Atemschaukel», y menos palabras no podrían definir la actitud en el mundo y ante la literatura de esta sucinta y clara evocadora del «no-lugar» del extranjero.
La autora rumana en lengua alemana, miembro de la tradicional minoría sueva del viejo Banato austrohúngaro, se vio forzada a abandonar su mundo bajo la represión del régimen de Nicolae Ceaucescu y, desde entonces, no ha dejado de intervenir literariamente sobre la amarga distopia socialista, si bien con una poética fantástica por su precisión meridiana.
De hecho quien nunca pensó en «ser escritora» finalmente lo ha sido por «consecuencia de la dictadura comunista».
Müller reconoció que, para ella, «toda la literatura gira en torno al daño que unas personas han hecho a otras» y, recordó que, «para aquél que ha vivido en una dictadura las cosas no terminan cuando cambian los tiempos», y evocó a las víctimas, a las que «la caída del régimen no devolvió la vida».
La canciller Angela Merkel conectó el premio con el aniversario del año de las revoluciones, que precipitó la caída del Muro de Berlín y Müller agregó que «todo lo que he escrito tiene que ver con que tuve que vivir 30 años bajo una dictadura. Es aún demasido pronto para hablar» de este premio, dijo con su conocida sencillez Müller, pidiendo «comprensión» a la prensa de Berlín. «Creo que necesito tiempo para encajar esto», «más no puedo decir».
En cualquier caso «esto (del premio) no va de mí, sino de mis libros», respondía la nueva premio Nobel de Literatura ante la evidente avidez de los medios por conocer a una, para muchos lectores extranjeros, gran desconocida. Diez años después del premio a Günter Grass, éste dijo «sentirse muy satisfecho» con el duodécimo autor en lengua alemana distinguido por la academia sueca y, aunque su favorito fuese Amos Oz, Müller sería «una muy buena novelista».
Aún el día antes, cuando empezó a arreciar el rumor, Müller minimizaba sus posibilidades: «este año no será, todo el mundo está en el 20 aniversario del Muro y yo ando contando una historia de deportaciones».
El día después estaba «tan sorprendida que no lo puedo creer», «lo sé, lo sé, pero no consigo que se asiente en mi cabeza».
Müller, que acaba de publicar un libro de gran éxito sobre la deportación ejemplarizante de personas de origen alemán después de la guerra, confesó su vacío después de cada libro y la sensación de que «éste será el último»; pero que luego vuelve y no piensa que el Nobel le influya, ni ante el folio en blanco «ni cuando pele patatas o fría un huevo».

RAMIRO VILLAPADIERNA Tomado de Diario ABC