viernes 5 de febrero de 2010

"Charles Bukowski me escupió en la cara"

Tomado de http://www.elmalpensante.com/

David Barker
Un salivazo es lo que une la vida de Buk con la de un imberbe fanático de sus versos. La víctima regresa a esa noche de comienzos de los setenta en que le tocó conocer al ídolo mucho más a fondo de lo que hubiera querido.


La Taberna 49 estaba oscura y llena. Charles Bukowski, el más grande poeta del siglo XX en Estados Unidos, estaba de pie en el estrecho pasillo entre las mesas de madera empapadas de cerveza y la fila de sillas ocupadas de la barra. Bailaba borracho, con los brazos por encima de la cabeza, con una sonrisa ciega y cansada que le atravesaba toda su cara de mil batallas.
Era una cara dolorosamente viva, como carne de hamburguesa cruda, con todas las terminaciones nerviosas y las heridas abiertas, mostrando el horror y la agonía de vivir con el genio que no transige en una tierra de imbéciles. Era Lázaro levantado de entre los muertos por un Jesús bendecido y sangrante. Era Zorba el griego con los brazos balanceados y meciéndose suavemente. Era Charles Bukowski bailando.

Me detuvo cuando pasé entre la barra y él. Quedé paralizado como un conejo asustado, detenido por la hipnótica mirada de una cascabel enroscada. Su amplio pecho se expandió y sus poderosos brazos se elevaron aún más, listos para golpear, para caer sobre mí aplastándome.

Luego me escupió en la cara. El poeta más grandioso de los Estados Unidos, mi ídolo, mi héroe. La saliva lentamente empezó a descender por mi cachete. Yo no me limpié.

Dije “Gracias” y me devolví para la mesa.

Era Bukowski, el mejor escritor del mundo. El Hemingway de su época pero mucho más rudo y real que el mismo Hemingway. Y nos odiaba cuando decíamos esas cosas de él porque sospechaba que de pronto eran verdad. Y él espantaba su grandeza como si fuera una mosca impertinente.

Le decíamos Bukowski. No Charles Bukowski sino Bukowski. Los amigos cercanos le decían Hank, por lo de Henry, que es su primer o su segundo nombre, no recuerdo cuál. Y muchos de los editores de las pequeñas revistas durante los años sesenta le decían Buk o el Buk (que en inglés rima con puke, es decir, vómito) pero a mí nunca me importó.

Él era nuestro dios. Todos queríamos ser como él. Es decir, queríamos ser él. Queríamos su cara, su barriga de cervecero, sus entradas en el pelo, las cicatrices del acné, su nariz protuberante y venosa como si fuera una inmensa espada o la cabeza de un pene, el cuerpo deteriorado por la bebida, la carne avinagrada. Queríamos sus borracheras, sus mujeres salvajes, su poesía brutal, su alma en pena. También queríamos vivir esa leyenda. Pero ella solo le pertenecía a él. Únicamente dios sabe cómo la había conseguido. Y no se la iba a entregar a nadie.

Charles Bukowski nació en Alemania en 1920 y creció en Los Ángeles, California. En muchas de sus historias dice que su papá le pegaba, que cuando era un adolescente sufría de un horrible caso de furúnculos del tamaño de pelotas de golf por toda su cara y espalda que lo dejaron por siempre con cicatrices. Feo y asocial, empezó con la bebida cuando estaba en la secundaria y nunca la dejó.

Bukowski asistió al City College de Los Ángeles durante un tiempo, se salió y se convirtió en un vagabundo que escribía cientos de cuentos que ahora están perdidos y que él enviaba a las revistas de literatura al ritmo de más o menos cinco por semana. Todos eran devueltos y rechazados. Pero en 1945, a los veinticuatro años, publicó su primer cuento “Secuelas de una larguísima nota de rechazo” en la prestigiosa revista literaria Story.

Ese mismo año dejó de escribir y se embarcó en diez años de borrachera, vagando de ciudad en ciudad, de albergue en albergue, de un trabajo de mierda al otro, de puta en puta. Lo golpearon en bares de maleantes, se casó con una millonaria texana que tenía un cuello deforme y de quien se separó, durmió en canecas de basura en callejones infestados de ratas, pensó en suicidarse.

En 1955, fue internado en la sala de caridad de un hospital de Los Ángeles con úlceras sangrantes debido a la bebida. Por poco muere, y cuando salió del hospital consiguió un trabajo en una oficina postal, se compró una vieja máquina de escribir y empezó a crear la poesía que le dio la fama de duro poeta de la calle.

La primera vez que lo leí fue en los sesenta cuando escribía una columna para la Free Press de Los Ángeles titulada “Escritos de un viejo indecente”. Eso era buena prosa, divertida, impactante, espontánea pero por supuesto yo no tenía idea en ese momento de la poesía que él ya había escrito, la inmortal “tragedia de las hojas”, los poemas de amor para Jane, su único y verdadero amor que murió joven debido al alcoholismo: “Pruebo las cenizas de tu muerte”, “Para Jane: con todo el amor que tenía, que no fue suficiente”, “Uruguay o el infierno”, “Despido”; los poemas de amor más tristes escritos alguna vez. Cosas que rompen el corazón. Ni siquiera sabía que escribía poesía, mucho menos que era el poeta más importante en hacer su aparición en más o menos los últimos cien años.

Yo trabajaba en la biblioteca de la universidad de Long Beach State. El único tipo que sabía de Bukowski era un negro alto con un ojo malo que le revoloteaba por la cara cuando sonreía. Se llamaba Tony y vivía con una muchacha que tenía un bebé de él o de otro. Era inteligente, pero no hablaba mucho, se enredaba con las palabras cuando hablaba.

Le mencioné la columna de Bukowski un día que estábamos recogiendo los libros devueltos en el cuarto posterior y la cara de Tony se iluminó. Luego empezó a gritar emocionado y sin control.

“¡Sí, sí, hombre; ya leí al tipo! ¡Ese hijueputa está loco! ¡Es genial!”.

Pero fue John Kay quien me habló de sus poemas. John y Leo Mailman editaban una pequeña revista que se llamaba Mag. Era una buena revista sobre todo teniendo en cuenta que salía de una universidad. John tenía buen gusto y sabía dónde había buena poesía cuando se topaba con ella.

Cuando lo conocí, John acababa de sacar un libro de Gerry Locklin que se titulaba Poop and other Poems. Poop era en cierto modo un best seller para una editorial pequeña ya que agotó la primera edición de 500 libros en un mes y con el tiempo fue reeditado muchas veces. Localmente el libro era conocido porque Locklin, profesor en Long Beach State, tenía una fama muy bien ganada y el libro tenía su encanto, con ese título y la foto de Gerry sentado desnudo en la bañera con una cerveza y su patito de hule. Qué bien.

Por medio de John Kay conocí a Gerry Locklin y finalmente a Bukowski. Entre los dos, a su modo, me alejaron de ser ese poeta de mierda oscuro, romántico y sin esperanzas y me llevaron a otra parte; hacia el poema como debe ser si es que debe ser cualquier cosa.

domingo 31 de enero de 2010

"Escribo para destruirme a mí mismo", Guillermo Fadanelli

Guillermo Fadanelli. Foto Efe.


No se sabe por qué razón, de un tiempo a esta parte muchos escritores, en vez de hablar de editores hablan de mercado, palabra semánticamente infectada por tantas razones. Pero lo interesante, o lo llamativo, es que se refieren como antítesis del mercado al escritor “en soledad”. Imagen galdosiana que poco tiene que ver, salvando excepciones con autores actuales sometidos al ruido y la furia.
Guillermo Fadanelli es muy conocido en su México natal. Tiene gestos de estrella del rock pero con académica formación filosófica. Si no viviera en D. F. diríamos que su gorra de béisbol se la robó un vendedor ambulante aunque le delate citar a Phillip Soller. Siempre tiene una cita en la recámara y dado que lo único que aspira con su obra es a destruirse a sí mismo, habrá que creer que soporta a los estructuralistas y a los productores cinematográficos.
Trabaja para el cine además de para destruirse a sí mismo (ahí están “La otra cara de Rock Hudson” y “Elogio de la vagancia”). “A mí no me importa si el director destroza una novela… eso es imposible”, dice. Él sólo pide por contrato salir una noche con la protagonista principal. Es autor de “vídeos basura”, inspirados en las lecciones de John Waters (“Pink Flamingos”, etc.), de manera que los actores, cuanto más malos, “más cerca estaban de la creación”.
El editor Malcolm Barral le propuso un tema muy privado para la diserción, aunque demasiado sabido: el alcohol. Y empezó por Kinsley Amis por puro capricho: “Lo que más me gusta de una mujer cuando está desnuda son sus ojos”. Buena cita, sí señor. La de Scott Fitzerald no estuvo a la altura o comparar a su hígado con su mejor amigo. Al final, aceptó que “no se puede construir ni una ética ni una práctica literaria” por dos copas de más. “La literatura, como el beber, es dar vueltas sobre tu tumba”. Esa estuvo bien.
Fadanelli, un autor brillante, divertido, ocurrente, con menos sentido trágico (la culpa es de John Waters) que lo que parece, se despidió con una sentencia de la que un día quizá se pueda arrepentir: “un hombre feliz no puede escribir”.

jueves 28 de enero de 2010

Goodbye Mr. Salinger

Imagen de: www.larazon.com.ar


Jerome David Salinger, el autor de «El guardián entre el centeno», ha muerto a los 91 años de causas naturales en su remota casa de Cornish, en New Hampshire. En el mundo nos hemos enterado de la noticia por su hijo, Matthew Salinger. Y la noticia es noticia porque nos empeñamos en que lo sea muy en contra de la voluntad del autor de la obra y de la vida de Salinger. Él hacía muchos años que nos había dado a los curiosos con la puerta en las narices.
Hablamos de alguien cuya alergia no ya a la fama, sino a la mera luz pública, sólo se ve superada por la de Thomas Pynchon, otro perfecto ermitaño de la literatura norteamericana. Entre los dos fundan una de las paradojas más hermosas del capitalismo: el éxito de sus libros les ha permitido vivir literalmente del cuento y no hacer otra cosa que escribir, y en cambio nunca se han dignado a pasar por el aro de complacer o ni siquiera atender al público. Miles de millones de lectores hemos aceptado sin rechistar que no se nos dé ni agua, sólo la obra a secas.
Pero qué obra. Sólo por «El guardián entre el centeno» uno se gana el cielo o por lo menos la presencia en todos los programas de lectura de todos los institutos de secundaria del mundo. La historia de Holden Caulfield, quintaesencia del adolescente eternamente atrapado entre las restricciones de la infancia y la trampa de la madurez, no ha dejado indiferente a nadie desde su publicación en 1951.
La obra es tan escueta y a la vez tan sugerente que tiene más partes sumergidas que un relato de Hemingway. Cada cual la puede leer a su gusto. El enganche es tan universal y tan fuerte que Salinger murió batallando porque no apareciera una secuela sin su permiso, obra de un autor que se había imaginado el mundo de Holden Caulfield de viejo. Ganó Salinger.
El caso es que ni Salinger ni su criatura parecían predispuestos en principio a llevar una existencia tan torturada. Holden Caulfield ya era el protagonista de un primer relato corto, Sligth Rebellion in Madison, que el escritor trató de publicar en 1941. Luego vino el bombardeo de Pearl Harbor y aquello se consideró impublicable. No había margen para la adolescencia frustradamente narcisista y tirando a nihilista en aquellas horas de sacrificio y de guerra.
La Segunda Guerra MundialOtro tanto le pasó al mismo Salinger. Judío, le mandaron muy joven a estudiar a Viena, de donde tuvo la suerte de salir muy poco antes de que Hitler iniciara su avance. Quizás sintiéndose vagamente culpable por ello Salinger sirvió de buen grado en la Segunda Guerra Mundial. Así conoció a Hemingway y a la que sería su primera esposa, la alemana Sylvia Welter.
Atrás quedaban unos escarceos con Oona O’Neill, la hija del dramaturgo Eugene O’Neill, a quien le gustó Charlie Chaplin. Atrás quedó también cierto gusanillo del mismo Salinger por el teatro.
Por delante quedaban la guerra y un desasosiego infinito. Como le diría con el tiempo a su hija Margaret, “el olor de carne humana quemada no se olvida nunca”. Salinger fue de los primeros soldados norteamericanos en entrar en un campo de concentración.
Ni él ni su escritura volvieron a ser los mismos. Holden Caulfield por fin vio la luz pero ya en una versión incurablemente amarga. Salinger agradeció el éxito pero lo utilizó para escapar del mundo. Se hizo budista acérrimo. Se casó con una joven estudiante de Radcliffe a la que casi obligó a dejar de graduarse para huir con él. Tuvo dos hijos. Se separó de su esposa y tuvo una amante con la que también acabaría peleando por su privacidad. Nunca volvió a dar la cara. La foto suya que circulaba era de décadas atrás.
El niño americano que salió de la guerra siendo sólo un hombre se ha ido de casa para siempre por fin. Ahora sí que ya no hay manera de devolverle al redil. Ya descansa en paz.

Tomado de Diario ABC.

sábado 23 de enero de 2010

O HAITI SOMOS NÓS

Antonio Miranda. Foto Murvin Andino

Un poema de Antonio Miranda (Estado de Maranhão, Brasil, 5 de agosto de 1940), dedicado a Zilda Arns, fallecida este mes durante el trágico terremoto en Haití.


O HAITI SOMOS NÓS

Para Zilda Arns, in memoriam
Todos os furacões açoitaram o Haiti!!
E o Haiti é o nosso paradigma de liberdade!
Todos os ditadores devastaram o Haiti!
E o Haiti é nosso exemplo de iluminismo!
Espelho de Bolivar e admiração de Washington!
Todos os terremotos abalaram o Haiti!
Alejo Carpentier sabia ser ali, sem dúvida,
"el reino de este mundo", a Bastilha da América!
Reflexos, vestígios de uma herança maldita.
Devemos manipular magicamenteos elementos,
para exorcizá-los. Vudú.
Diante das imagens terríveis dos destroços,
vêm as perguntas de respostas já sabidas!
De horror, de indignidade, de indiferença.
Diante das imagens terríveis dos escombros,
a mesma pergunta que o Papa fez
quando visitou os campos de extermínio:
"Onde estava Deus?" Onde estamos nós?!

Antonio Miranda
Enero de 2010

HAITÍ SOMOS NOSOTROS
Para Zilda Arns, in memoriam

¡Todos los huracanes azotaron Haití!
¡Y Haití es nuestro paradigma de libertad!
¡Todos los dictadores devastaron Haití!
¡Y Haití es nuestro ejemplo de iluminismo!
¡Espejo de Bolívar y admiración de Washington!
¡Todos los terremotos sacudieron Haití!
Alejo Carpentier sabía ser allí, a buen seguro,
"el reino de este mundo", la Bastilla de América.
Reflejos, vestigios de una herencia maldita.
Debemos manipular mágicamente los elementos,
para exorcizarlos. Vudú.
Delante de las imágenes terribles de los destrozos,
vienen las preguntas de respuestas ya sabidas.
De horror, de indignidad, de indiferencia.
Delante de las imágenes terribles de los escombros,
la misma pregunta que el Papa hizo
cuando visitó los campos de exterminio:
¡"¿Dónde estaba Dios?" ¿Dónde estamos nosotros?!

viernes 22 de enero de 2010

"A casa regresan los guapos"

Portada de La piel de la ternera de Otoniel Natarén
La piel de la ternera es el segundo poemario de la editorial Mimalapalabra, el primero publicado por Otoniel Natarén (El Progreso, Yoro. 1975).
Comparto con Otoniel desde hace varios años, aparte de los cafés, las cervezas y la amistad, muchas conversaciones que me hicieron entender que a pesar de su trabajo silencioso era un poeta que fraguaba en su obra algo importante y valioso, un libro de calidad y gran valor para la poesía de hondureña.
Nada más me queda invitarlos a adquirir el poemario de Otoniel en Librería Caminante en el barrio Guamilito y en Metronova del Citi Mall y, sobre todo, a conocer la piel de esa bovina irreverente. Para mi amigo mis felicitaciones por su publicación. (Nos vemos un día de estos donde Meche para el brindis, o mejor donde haya buenas ubres. Ahora que tenemos Corral y tenemos Ternera...)
A continuación les dejo tres poemas, nada más, para no gastar el poemario, como muestra de la obra de Otoniel Natarén.


LAURETTA

Para escuchar esas canciones fue que ella subió;
para ver los techos de la ciudad, en la noche.

Todo el apasionamiento se grabó en las escaleras y
los vitrales.

Después llevó sus muebles,
les sacudió el polvo, y se instaló... para esperarlo.
Le dijo, ¡adiós!, con las cortinas blancas;
ella hizo la cena;
ella gritaba a todos desde el balcón, diciendo:
aquí estoy, esta es mi casa, la sala toda, hasta la
cocina,
y mostraba complacida sus prodigiosos pasteles.

Ella elevó a todos en el humillo de su marihuana.

Todos se encargaron de matarla
por cuanto ella pudiere haber matado desde sus
barandas;
él se demoraba,
ella rompió los calderos
y lanzó los guisos por la ventana.

Mañana volverá a levantarse,
y volverá el hambre;
toda la obsesión desprendida de los vitrales.

(Para aprenderse aquellas canciones
fue que ella subió).

Todos se prometieron cantearla.

(Ella creyó en las luces).

La ciudad callaba… mientras amontonaba
las piedras.



A CASA REGRESAN LOS GUAPOS

A mis inmortales tutoras de Letras

Abajo, en las verdes estampas;
bajo la gruesa tapa está el membrete,
el sello,
la fascinante tumba que dio vida a sus voces,
para despertar un día,
juntos,
señor y señora.

Aunque los hombrunos brazos…

“Yo soy la Dulcinea, la del Toboso,
donde ciertamente esperamos
a tan alto caballero”.

LA PIEL DE LA TERNERA

Aquí comienza el libro,
los llamados de la piel;
de aquel encierro,
de aquella mujer;
el mismo deseo, el mismo encadenamiento,
cual si la bestia fuera,
cual si la bestia es,
donde desbocan los caballos.

Dios nos ampare a todos.

Dios se apiade cuando se frunza nuestra madera
y sólo el libro sobreviva.

Vayamos todos los demolidos,
los crápulas,
a reconocernos en nuestros cerrojos,
con las ventanas abiertas de nuestras almas
libertinas.

Vayamos a ser verdaderamente hipócritas
puesto que nada nos conmueve,
y trotamos el mundo, fementidos y rufianes.

Pero, algo guardamos del abandono;
porque algo nos conmovía;
algo nos llenaba de las ternuras,
y aunque, arrojados del seno,
alguna verdad se nos presentó amable,
para cumplir los días,
para tocar sus trompetas,
con nuestras supremas pieles en los supremos
pabellones,
cuando la voz le cante,
a ella carnal, sufriente, corruptible;
blanca y verdadera.

miércoles 20 de enero de 2010

La literatura hondureña en 2010

Portada Ficción hereje para lectores castos de Giovanni Rodríguez (Mimalapalabra. 2009).

Portada Corral de locos de Murvin Andino. Mimalapalabra. 2009.
Haciendo un recuento de los libros que nos dejó el año anterior, podría mencionar que sobresale por ejemplo el debut de mimalapalabra como editorial con un poemario y una novela. Murvin Andino presentó Corral de locos, un libro áspero por su temática existencial, diría el mismo autor, (yo). Giovanni Rodríguez presentó vía internet desde España su novela Ficción hereje para lectores castos, para reafirmar su "juego" de la literatura, según dijo la noche de la presentación en el mítico antro Klein Bohemia de la ciudad de San Pedro Sula.
Para 2010 podemos anunciar algunas de las obras que figurarán seguramente en la literatura hondureña, propuestas ingeniosas y renovadoras bajo el sello mimalapalabra, como será sin duda el poemario La piel de la ternera, del limeño-progreseño Otoniel Natarén, libro recién salido de imprenta. Giovanni Rodríguez ya alista su segunda novela, Teoría de la noche, y Mario Gallardo nos presentará sus dos recientes obras Limatown blues y Escribir poesía en el país de los imbéciles. Gustavo Campos nos dará su tercer poemario, Bajo el árbol de Madeleine.
Jorge Martínez nos promete su novela El mundo es un puñado de polvo y Las causas perdidas en poesía. Karen Valladares publicará Ciudad inversa (poesía). Luis Alonso Ávila debutará con su novela Con la misma memoria. Por otro lado, Murvin Andino alista su segundo poemario, Premoniciones. Además Marco Antonio Madrid prepara La secreta voz de las aguas, su segundo libro de poesía.
Podría, además, agregar algunos autores más jóvenes que pujan por un lugar en la literatura de nuestro país, quizá Darío Cálix con Pesadillas, Carlos Rodríguez -no tan joven- con Rutina y por allí algún otro poeta o narrador que olvidé en este momento. Así que el 2010 traerá buena literatura, buena poesía y quizá el despegue de la narrativa como género predilecto de los escritores nacionales.

Maxine Swann y los hijos de la contracultura

Maxine Swann

No hay reglas para los cuatro hermanos de Niños Hippies. No hay límites, no hay horarios, no hay nadie que grite, cuando ya está oscureciendo, "hora de entrar". Lu, Maeve, Clyde, Tuck —dos niñas y dos niños— "son libres de correr hacia donde quieran cuando quieran, así que lo hacen". Se pasan la vida arriba de los manzanos, bailan bajo la lluvia, se cubren el cuerpo con barro y se secan al sol. Ven a sus padres y a los amigos de sus padres bañarse desnudos en el arroyo.
Maxine Swann tuvo una infancia similar a la de los hermanos de Niños Hippies (Emecé, 2009), en una granja de Pennsylvania, donde nació en 1969. "Una crianza sin límites te permite muchas aventuras, pero, por otro lado, te provoca miedo y mucho sentido de la responsabilidad. Tenés que formular tus propios límites", dice, vía e-mail, desde Nueva York, donde se encuentra dictando clases de Escritura Creativa en la Universidad de Columbia.
La novela está estructurada en ocho relatos, que varían de la tercera a la primera persona (en la voz de Maeve, la segunda hija de la familia y alter ego de Swann) y que tienen ritmos y tonos diferentes. Cuentan, como si alguien estuviera marcando la estatura de los niños en una pared, distintos momentos de la particular crianza de los cuatro hermanos: una visita a la casa en ruinas de los excéntricos abuelos paternos, un viaje en auto con el padre (una figura por momentos adorable y por otras odiosa, pero siempre presente) y su nueva novia, la entrada en la adolescencia y los primeros pudores. En cada nuevo relato, los hermanos han crecido uno o dos años.
El salto temporal de los capítulos tiene su correspondencia en el tiempo que le demandó a Swann concluir el libro. El primer relato fue escrito en 1997 y ganó el premio O.Henry, el Pushcart, el Ploughsares ´Cohen y un lugar en The Best American Short Stories. Luego, la escritora postergó el proyecto. "Escribí parte del libro cuando tenía 22 o 23 años, pero me di cuenta que no lo podía hacer de una manera satisfactoria. Por eso escribí otro libro y después volvía a él. Niños Hippies es entonces una suerte de colaboración entre dos personas, una en sus tempranos 20 y otra doce años mayor", dice y nombra cuáles fueron las lecturas que le resultaron fundamentales para escribir su novela. "Las historias de Katherine Mansfield sobre su niñez. También las de Ingeborg Bachmann, la escritora austríaca. Es difícil, y hasta puede ser embarazoso, hablar de la influencia de Proust. Pero como estaba escribiendo una tesis de post-grado sobre su estilo mientras redactaba esta novela, su escritura estaba permeando mi cerebro", revela.

Tomado de: Clarin.com