lunes, 17 de mayo de 2010

Primer capítulo de "El negro que sabía demasiado", Gualberto Posadas

Aunque es un tipo a quien no le gustan las fotografías, logré esta. Gualberto Posadas en su taller de artesanías, actividad que realiza en su tiempo libre.

Gualberto Prudencio Posadas, San Pedro Sula, Honduras. 1948. Maestro de profesión y escritor por vocación. Ha publicado aproximadamente veinticinco novelas, entre ellas "Los vuelos frustrados", "La isla de los conmovidos", "Frente al andamio, la vida de un albañil suicida", "A garrotazo limpio", "La melancolía del karateca", "El negro que sabía demasiado". Próximamente publicará "Noticias en rosa", "Frente al espejo" y "Batey vuelve".

A continuación el primer capítulo de "El negro que sabía demasiado", de Gualberto Posadas, cuya segunda edición, según el autor, estará a partir de este día en las principales librerías de San Pedro Sula y Tegucigalpa.


El negro que sabía demasiado

CAPÍTULO PRIMERO:
La llegada del negro
El comisario Antúnez se despertó en la madrugada del jueves envuelto en un sudor espeso y trató de recordar lo que había soñado. Miró por la ventana las palmeras mecidas por el viento nocturno y poco a poco se fue dando cuenta de que no había tenido una pesadilla. Los ruidos y la sombra que había visto desplazarse por el patio no eran parte de un sueño.

Se levantó y vio con más atención lo que él y sus vecinos llamaban "la yarda". Era un patio pequeño, cubierto de zacate seco por los calores de junio, con una que otra palmera, un mango y otros árboles frutales. Nada: sólo la luz de la luna llena y los grillos metiendo bulla.

Su mujer roncaba a su lado. En ese momento recordó que se le había olvidado decirle que le sacara los zapatos afuera para que se le secaran. El miércoles había tenido que andar en un pantano en busca de un sureño sospechoso de haber matado a su suegra a puñaladas. Según los testigos, el supuesto asesino se había fugado de la escena del crimen en una cuatrimoto robada y se internó en el pantanal. La jodida era que el ministerio no le daba el equipo básico a la minúscula jefatura de Punta Sal. No tenían ni unas pinches botas, así que el comisario Antúnez tuvo que meterse con sus zapatos en el lodo y no tenía más que un par. "Mierda", susurró y entonces oyó el ruido que al comienzo había creído que era parte de un sueño. Era el sonido inconfundible de pisadas dentro de su casa. No había posibilidad de equivocarse.

El comisario Antúnez se levantó tratando de no hacer ruido. Por suerte la suya no era una de esas antiguas camas de resortes. Su mujer se quejó sin despertarse. ¿Estaría soñando? El comisario iba a meter los pies en sus sandalias de goma, pero prefirió ir descalzo para hacer menos ruido. Había adelgazado mucho en los últimos meses y podía moverse con más facilidad que antes, aunque su mujer le había dicho que le gustaba más cuando estaba menos flaco. "No te mirás bien, Pancho", le dijo un día. "Ni hijos tenemos y vos ahorrando la comida. Serás tonto". Ahora no sólo oía pisadas, sino el sonido de alguien que levantaba cosas en la sala y quizá en la cocina.

"Mierda", repitió el comisario Antúnez al chocar con la mesa. Esta vez no fue un susurro. Se detuvo para oír e intuyó que el ladrón, si es que era un ladrón, había oído el chirrido de las patas de la mesa y tal vez incluso su voz. El comisario se sorprendió al darse cuenta de que estaba sudando. No hacía tanto calor. De hecho había llovido por la tarde y estaba soplando una brisa escandalosa desde las once de la noche. Permaneció parado al pie de la cama con la vista fija en la gaveta de la mesita donde siempre dejaba la Smith & Wesson cargada y con el seguro puesto.

Pasó un minuto. Ningún sonido. El comisario Antúnez habría podido jurar que llevaba dos horas sin respirar. Como tenía su buen rato de estar ahí, había tenido tiempo para meditar un poco, pero aún era incapaz de explicarse su agitación. De seguro su miedo, si es que podía llamarse miedo, se debía a que aquello que estaba en su casa lo había sacado del sueño de repente. Además, el comisario Antúnez nunca había tenido que enfrentarse a un ataque en su propia casa. La casa donde uno vive se respeta. Atacar el sitio donde se vive, se duerme, se come y se hace el amor es el golpe más bajo que le pueden dar a un hombre y el comisario no estaba hecho de piedra. Se sentía violado. "Hijos de la gran puta", pensó. Obviamente no sabía si los que asediaban su castillo particular eran varios o sólo un cabrón, pero eso le valía gorro. "Hijos de la gran puta, venir a chingarme a mi propia casa".

Estiró lentamente el brazo hacia la gaveta donde estaba la Smith & Wesson. Se sintió ridículo al ver la calzoneta con que dormía. Era una pendejada pensar en eso en aquel momento, pero qué más daba. Muchas veces es imposible controlar los pensamientos. Se le ocurrió que era una falta de orden ir en calzoncillos con una enorme pistola en la mano. Con una facha como ésa resultaba absurdo tratar de reducir a la impotencia a un delincuente, y más a un delincuente que estaba dentro de su propia casa. "Qué pencadas me pasan por el morro", pensó.

En ese momento escuchó un sonido como el de un trueno y algo le golpeó el brazo izquierdo, lo hizo perder el equilibrio y caerse de costado. Tal vez no fue un ruido tan fuerte como le había parecido al comienzo. De todas formas, en medio del silencio de la noche y con la inquietud que se había adueñado del comisario Antúnez desde que se despertó cubierto de sudor en plena madrugada, fue como si mecieran la casa desde sus cimientos, la partieran en mil pedazos y la dejaran caer sobre su cabeza. El comisario se derrumbó en el piso y durante un instante que pareció alargarse infinitamente fue incapaz de orientarse. No supo dónde mierda estaba.

Había algo revolviéndose a su lado, una forma bestial que pataleaba, manoteaba y gruñía como un demonio y se estiraba buscando aferrar los miembros del comisario caído. Antúnez recobró la cordura cuando oyó el primer grito de su mujer. Como en muchas otras ocasiones, pudo comprobar el inmenso poder de la garganta de su esposa, pero esta vez lo que salió de sus pulmones fue un estruendo insólito que recorrió el aire en ondas fortísimas y chocó contra las paredes. Si algo quedaba en pie luego de la explosión, el grito de su mujer lo haría añicos. El comisario se puso de pie y trastabilló en busca de la mesita y la gaveta con la pistola. La mesa estaba caída y él se inclinó para abrir la gaveta. Vio fugazmente el agujero donde había estado la puerta de su dormitorio y al fondo la débil luz de la luna sacando de las sombras los bordes de los pocos muebles de la sala.

Aquello que el comisario Antúnez había visto agitarse en el suelo junto a él se incorporó velozmente, como una pantera, y se le echó violentamente sobre los hombros antes de que él pudiera abrir la gaveta y extraer la Smith & Wesson. Rodaron por el piso y atravesaron el hueco de la puerta, mientras la mujer del comisario seguía erguida y petrificada en la cama. Había dejado de ulular, pero volvió a gritar cuando vio que su marido y el intruso daban vueltas como una pelota de la que sobresalían brazos y piernas. Los vio desaparecer en el pasillo, de nuevo dejó de aullar y esperó en silencio, mientras escuchaba los jadeos, cachetadas y puñetazos y el estrépíto de vidrios rotos que venían desde la sala.

El comisario Antúnez luchó todo lo que pudo, pero su oponente era fuerte y pegajoso como una babosa: no había acabado de apartar la mano que le tapaba la boca y la nariz, mientras un puño le destrozaba pacientemente los riñones y las costillas, cuando esa misma mano volvía para apretarle la garganta. Era una auténtica fiera. "¡Hijo de puta, cabrón!", decía el comisario. Trató de morderle la oreja, pero su atacante le leyó la mente, apartó la cabeza justo a tiempo y, para acabar de desesperar al comisario, que ya se sentía vencido, hizo precisamente lo que él había pretendido hacer y le arrancó un pedazo de lóbulo de un mordisco. El comisario aulló de dolor.

Entonces ocurrieron dos cosas inesperadas. Lo primero fue que la sombra se irguió rápidamente y el comisario Antúnez la vio encima de él. Era como una extensión de las sombras nocturnas, pero más profunda y amenazante. El comisario sintió que algo frío se posaba sobre su mejilla y de inmediato reconoció el cañón de una pistola. Al rato era la suya, robada de un zarpazo por el intruso. Respiró hondo y cerró los ojos, esperando la detonación. Su vida no pasó ante sus ojos como un relámpago, como siempre le habían dicho que les sucede a los condenados a muerte.

La segunda cosa que ocurrió fue realmente extraña. El intruso disparó, pero la bala que debía destrozar el cráneo del comisario Antúnez no hizo más que rozarle la mejilla y se incrustó en el piso de madera. El comisario abrió los ojos. Lo único que escuchaba era un zumbido estridente que lentamente iba bajando de tono. Estaba vivo; era la única cosa de la que estaba seguro. Cuando el zumbido no era más que un silbido casi imperceptible, se dio cuenta de que a su lado se producía otra lucha. Pudo distinguir dos formas de jadear. Alguien, sin duda, estaba peleando con el intruso. Alzó la cabeza y vio las sombras derribando a su paso todo lo que quedaba en pie.

La pelea duró muy poco. Cuando terminó, la luz del techo se encendió y lastimó los ojos del comisario Antúnez. Cerca de donde él jadeaba y sangraba, de pie pero levemente encorvado, estaba un negro de estatura normal, tal vez 1.75 metros, jeans oscuros aunque desteñidos, tenis con puntera de goma y camiseta negra en la que estaba escrita una leyenda que el comisario, debido a su debilidad, no podía leer. El negro tenía en la mano una pistola, pero no era la Smith & Wesson. A los pies del negro estaba tendido, inmóvil, un cuerpo que según todas las señales continuaba vivo. De vez en cuando emitía ligeros gemidos.

-Ya no tiene que preocuparse -dijo el negro-. Éste -señaló al otro- ya está quieto.

El comisario Antúnez sintió que la mirada fija del negro le contemplaba hasta el alma. Se sintió transparente e indefenso. El negro se sacó algo del bolsillo de sus jeans y se lo tendió. "Tenga para su oído", le dijo. Era un pañuelo medio sucio. El comisario se sintió extraño al darle las gracias y se apretó el trapo contra la oreja. Había dejado de dolerle. Quizá no era una herida seria. Ya se vería en el espejo. El pañuelo olía a desinfectante. Se preguntó cómo era posible que el negro anduviera paño esterilizado en el bolsillo.

El comisario tardó sólo cinco segundos en reconocer su voz, a pesar de la golpiza que acaba de recibir, de la detonación junto a su oído izquierdo y del mordisco que le cercenó la punta de la oreja. Sólo tenía seis años de ser el comisario de Punta Sal, pero las leyendas sobre Batey eran innumerables y lo habían acompañado desde que estudiaba en la academia policial de Tegucigalpa. Su antecesor, el jefe Asdrúbal Mendieta, le había relatado a saber cuántas veces la vida y las obras de Sebastián Güity, alias Batey, el tipo más peligroso del Litoral Atlántico. Violador, proxeneta, pirómano, asesino y quién sabe qué otras bellezas, Güity era una leyenda viva en los anales del crimen de la costa norte. Durante quince años de feroz vida delictiva, Batey había escapado de manera sorprendente de redadas, persecuciones en carro y en lancha, tiroteos con pistola y ametralladora y explosiones de granadas.

De pronto, un buen día, cuando en la jefatura de Punta Sal los policías dormían la siesta de la tarde bajo un sol de martirio, Batey se entregó a las autoridades. Nadie esperaba que se rindiera un malhechor endemoniado como él, y él mismo se encargó de aclarar cualquier duda. "Yo no me rindo; me entrego". Por qué, le preguntaron. "Porque ya aprendí lo que me faltaba aprender". Nadie le entendió. ¿A qué se refería con esa frase? Batey se reservó las explicaciones. Se había entregado quince años antes. Sólo estuvo en prisión doce años y durante su encarcelamiento se dedicó a educar a sus compañeros de celda en cualquier oficio que a ellos se les ocurriera. "Este negro sabe de todo", decían. Quién sabe por qué acto de magia, el cabrón más malvado del litoral se había convertido en el equivalente de un santón que, además, era capaz de reparar un camión, construir una casa, hacer que funcionara cualquier aparato eléctrico averiado y recitar completos la Biblia y el Código Penal. Salió del reclusorio de Tela envuelto en un aura de santidad y sabiduría de la que no trató de librarse.

Pero, ¿qué hacía Batey en su casa? Ésa era la pregunta más importante para el comisario Antúnez. O mejor dicho era la segunda más importante, porque la primera era por qué lo había salvado de la muerte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Podrá parecer críptico o, en el peor de los casos, soez. Pero acabo de encontrarme a un buen lector de narrativa, reconocido bibliófilo y maestro de generaciones en los abigarrados colegios ubicados en el centro de la gran ciudad, para más señas, quien me asegura que Posadas, a quien apodan "Pepita", en efecto, mantuvo (¿mantiene?) una desenfrenada obsesión con el negro llamado Batey, por lo que no le extraña que ahora se enfrasque en la ímproba tarea de literaturizar esa fijación y para ello haga uso del formato policial. "Así es Pepita", concluyó, "amante del pastiche y de la suplantación de identidades".